| Chambitas y Chambotas |
| Escrito por Guido Rosas | |
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Era la hora la comida cuando salí de una entrevista de radio. Camino a casa, llamó mi atención un automóvil que estaba rodeado de gente. Se trataba de un puesto de comida atendido por una guapa y bien vestida mujer. Detuve mi auto, me senté en uno de los pequeños bancos que había en la acera y pedí algunos guisos que para mi sorpresa, estaban buenísimos. Mientras la mujer preparaba mi pedido, vi que la cajuela hacía la función de centro de comida y de espacio para ollas, recipientes, etcétera. Mientras comía, otros comensales fueron dejando el sitio hasta quedar solo con la mujer. –Su comida es muy buena, al igual que su servicio; es usted muy amable –le dije–. Lamento no vivir por aquí, ya que de ser así, vendría con frecuencia. Espero no ser impertinente, pero le confieso que me llama la atención ver que tiene un buen coche y lo bien vestida que está. Me da la impresión de que usted hace esto por distracción. –No señor, enviudé hace cinco años. Mi marido murió muy joven. Yo nunca había trabajado y tenía que sacar adelante a mis cuatro hijos –me comentó mientras guardaba algunas cosas–. No tenía idea de en qué podría trabajar, necesitaba alguna chambita. Lo único que se me ocurrió fue vender comida, por lo tanto, con mis ollas, mis recipientes, platos y cubiertos desechables, puse mis guisos en mi automóvil y partí en busca de un sitio donde hubiera trabajadores. Vendí todo, así que al día siguiente, y al otro y al otro hice y lo mismo. Cuando ya hubo recogido todo, la ayudé a guardar los bancos y siguió contándome su historia. Hoy, así como ella, su hijo mayor se pone en otro punto y también el novio de su hija. Además, por las noches, los tres atienden un pequeño restaurante que a base de mucho esfuerzo y dedicación lograron abrir. Para conseguirlo, desde un principio fue guardando un poco de sus ganancias, como si hubiera ganado menos, y de ahí fue saliendo un pequeño capital. Curioso, le pregunté cómo se sentía, pues deduje que preparar comida todos los días le resultaría agotador. –Sí lo es –me respondió–, pero gran parte de este negocio está en cocinar y servir con mucho amor. Ya tenemos clientes que van al restaurante varios días a la semana. Poco a poco hemos ido creciendo y esta chambita empieza a convertirse en una chambota. –Seguro que, desde donde esté, su marido se siente muy orgulloso de usted –le dije. –Seguro, y yo, me siento muy orgullosa de mí misma. Nunca creí que sería capaz de sacar valor del dolor, y ya ve, aquí estoy. No puedo quejarme. Antes de irme, saqué de mi coche un ejemplar de mi libro de Autoliderzgo y se lo obsequié: “Gracias, hoy usted me ha dado una verdadera lección de Autoliderazgo. Espero que el libro le sea tan útil como lo han sido para mí sus palabras”, fue parte de mi dedicatoria. Hoy, he querido compartir contigo esta anécdota. No hacen falta explicaciones, ¿o sí? Te invito a reflexionar en ella y a que te propongas una tarea, la que tú desees. Trabájala durante un mes, todos los días, recordándola y buscando obtener algo, como lo hizo esta mujer, quien de chambitas, ya va camino a chambotas.
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