Octubre de 2008
Durante nuestra vida somos partícipes en cantidad de eventos y relaciones. Los hay marcados por determinado tiempo, como por ejemplo el estudiar la primaria, lo cual supone un periodo de seis años, así como el resto de nuestros estudios.
En cuanto a las relaciones con los demás, existen aquéllas que son duraderas como las establecidas con compañeros de trabajo, amigos, hermanos, padres, parejas e hijos. Pero a mi recuerdo también vienen relaciones temporales que de alguna manera marcaron mi vida: algunos maestros que tuve de niño, mis primeros jefes laborales, mis primeras novias e, incluso, amigos que si bien en su momento fueron muy importantes, en poco tiempo dejaron de serlo y hoy no mantengo relación alguna con ellos.
Aprender a cerrar círculos conlleva la necesidad de un cambio propositivo en nuestras vidas, y si ése no se da de manera automática, como lo es el concluir los estudios, entonces debemos hacernos cargo.
No sólo es necesario ser conscientes de nuestros actuales eventos y relaciones, sino también de los costos y beneficios que éstos significan para nosotros. Hay quienes llevados por la costumbre se quedan en sucesos lastimosos que, por ende, les impiden avanzar hacia la realización de sus sueños. Hay quienes a pesar de ser infelices en sus actuales trabajos, y teniendo posibilidades de mejorar, se quedan atrapados (consciente o inconscientemente) en el temor al cambio y, por consiguiente, en su “área de confort”, la cual en realidad nada tiene de eso.
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1 de septiembre de 2008
En las pasadas Olimpiada hemos escuchado cantidad de comentarios y visto infinidad de imágenes. Todo ello, en relación con el talento, el esfuerzo y la perseverancia. Hoy, esto me ha remitido a frases y preguntas que como muestra de cierta actitud frente a la vida, frecuentemente escucho:
¿Cómo me pides eso a mi edad?
No puedo porque soy mujer y vivo en un mundo de hombres.
No tuve la fortuna de nacer en cuna de oro.
Eso es para los ricos.
Quien me ayudaba murió, así que ahora ya no puedo...
¿Qué más puedo hacer si…? Nada.
Ojalá pudiésemos tener frente a nosotros a María del Rosario Espinoza, medalla de oro de Taekwondo en las recientes Olimpiadas de Beijing 2008.
María del Rosario nació en Sinaloa y creció en un rancho llamado La Brecha. Desde muy pequeña, tuvo que ayudar a su padre en la siembra de maíz y vendiendo pescado. Ella, nuestra ganadora del oro (digo nuestra, porque generalmente a quienes logran sus sueños nos gusta hacerlos parte de nosotros), todos los días, después de salir de la escuela y durante dos horas, tenía que recorrer el camino que le conducía a las instalaciones del Seguro Social y allí practicar el Taekwondo.
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1 de agosto de 2008
Hace poco, en la televisión me topé con una película que había visto hacía muchos años: Billi Eliot. Cuando la vi por primera vez, vinieron a mi mente los prejuicios. Hoy, que estoy trabajando tanto con el libro de Autoliderazgo, me asaltaron varias ideas que deseo compartir.
Billy sueña con ser bailarín, pero tiene la "mala" suerte de haber nacido con muchas circunstancias en su contra: es huérfano de madre, vive en un pequeño pueblo minero de la Gran Bretaña, cuenta con escasos recursos económicos, y la mentalidad de su padre y de su hermano mayor es tan limitante y tan llena de prejuicios, que eso no les permite ver lo que podría ser la realización de los sueños del pequeño de 11 años y tener el privilegio de apoyarle en el desarrollo de sus talentos.
Billy, entonces, debe lidiar con cada una de las trabas que se le presentan y empieza a buscar la manera de ir abriéndose posibilidades para lograr sus sueños.
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Escrito por Administrator
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Ernesto necesitaba que alguien lo ayudara a transcribir un libro. Un amigo en común le dijo que Leticia podría hacerlo y que además estaba muy necesitada de dinero para pagar algunas cuentas pendientes.
Agradecida, Leticia aceptó el trabajo y le aseguró a Ernesto que a más tardar lo tendría listo en 10 días; que reconocía mucho el apoyo, porque sin ella haberlo pedido, recibió más de 50 % de los honorarios acordados. La intención de Ernesto era evitarle la presión del pago de su tarjeta de crédito y que pudiera cumplirle con más tranquilidad.
Diez días después, Ernesto llamó a Leticia para acordar una cita y pasar a recoger el trabajo; sin embargo, ella no aparecía por ningún lado. Tras la insistencia de mi amigo, él logró que dejara con uno de sus hijos lo ya terminado. Ernesto le informó al muchacho su urgencia del resto y que el plazo de entrega había vencido.
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